Arquitectura como puente entre mundos
- Alejandro Biguria

- hace 2 días
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El Popol Jay Q’eqchi’ y el descubrimiento del superpoder de la arquitectura

Un territorio extraordinario
Guatemala es uno de los territorios culturalmente más complejos y extraordinarios del planeta. En apenas 108,889 km² coexisten más de veinticinco grupos etnolingüísticos, cada uno con formas distintas de comprender el territorio, el tiempo, la naturaleza y lo sagrado. Esta diversidad no es solo biológica, lingüística o cultural; es también una diversidad de cosmovisiones, de formas de interpretar la realidad y de relacionarse con el mundo.
Sin embargo, esa riqueza que podría ser uno de nuestros mayores orgullos muchas veces permanece fragmentada o invisible entre nosotros mismos. Las distintas formas de conocimiento que habitan nuestro territorio raramente dialogan entre sí en igualdad de condiciones.
Durante más de diez años tuve la oportunidad de participar en un proceso que me permitió observar lo que sucede cuando esos mundos comienzan a encontrarse. Ese proceso se materializó en el desarrollo del Popol Jay Q’eqchi’, la Casa del Consejo de guías espirituales Q’eqchi’ en Poptún, Petén. Lo que inició como un proyecto arquitectónico terminó convirtiéndose en un viaje intelectual, cultural y humano que transformó profundamente mi manera de comprender el rol de la arquitectura.
La arquitectura (que descubrí durante este proceso) puede hacer algo que pocas disciplinas logran: convertir el diálogo entre distintas formas de conocimiento en espacio habitable.
Un cambio de era
El 21 de diciembre de 2012, marcó el Oxlajuj B’ak’tun, el cierre de un ciclo calendárico maya de 5,125 años y el inicio de uno nuevo. Para muchas comunidades indígenas este momento representó el comienzo de una etapa de mayor conciencia, sensibilidad y transformación.
Dentro de este contexto se consolidó la Asociación de Consejos de Guías Espirituales Releb’all Saq’e (ACGERS), integrada por un consejo de 26 guías espirituales Q’eqchi’ con 13 Nanas y 13 Tatas. Su misión ha sido recuperar, dignificar y preservar el conocimiento ancestral maya que durante siglos ha sobrevivido a procesos de segregación, desplazamiento cultural y fragmentación social.
Este conocimiento incluye saberes complejos sobre espiritualidad, medicina tradicional, plantas medicinales, ciclos naturales y una profunda relación entre el ser humano y su entorno natural.
Durante años, este trabajo se ha desarrollado en colaboración con investigadores de la Universidad del Valle de Guatemala, así como con instituciones académicas internacionales como ETH Zürich y la Universidad de Houston. En algún momento surgió una pregunta inevitable:
¿Cómo crear un espacio donde este conocimiento pudiera practicarse, investigarse y transmitirse hacia el futuro?
La respuesta fue el Popol Jay.
El inicio de un proceso poco convencional
En 2011 mi estudio de arquitectura, TORUS, fue invitado a participar ad honorem en la concepción del primer Popol Jay Q’eqchi’ o su traducción al castellano: “Casa del Consejo”.
Desde el inicio quedó claro que este no sería un proceso arquitectónico convencional.
En la mayoría de proyectos, las decisiones se toman dentro de estructuras jerárquicas relativamente claras: un cliente, un comité o una institución. En el caso del Popol Jay, cada decisión debía ser consensuada por los 26 miembros del consejo Q’eqchi’.
Cada uno de ellos ocupaba un rol específico dentro del proceso que trascendía lo administrativo. Su posición dentro de la comunidad y su dimensión espiritual también influían en la construcción de las decisiones.
Para un arquitecto formado dentro de paradigmas occidentales, esto representaba un territorio completamente nuevo. Sin embargo, con el tiempo comprendí que estos procesos no eran simples mecanismos participativos. Eran formas de inteligencia colectiva profundamente estructuradas.

Escuchar antes de diseñar
Las primeras conversaciones sobre el programa arquitectónico generaron múltiples propuestas: albergues, espacios educativos, piscinas, áreas ceremoniales y zonas de investigación.
En lugar de descartar ideas rápidamente, decidimos traducir cada propuesta en espacios y costos aproximados por metro cuadrado. Este ejercicio permitió transformar una conversación abstracta en una herramienta concreta que facilitó la toma de decisiones colectivas.
Poco a poco el consejo comenzó a priorizar lo esencial. Fue durante ese proceso que emergió una claridad fundamental: el corazón del proyecto debía ser el espacio ceremonial.
Pero no cualquier espacio ceremonial. Según la cosmovisión Q’eqchi’, este debía permanecer abierto, libre de obstrucciones que pudieran bloquear el flujo energético necesario para las ceremonias.
Ese principio transformó completamente la lógica del diseño. La arquitectura debía adaptarse a esa comprensión del espacio.
En ese momento entendí algo que cambiaría mi manera de diseñar para siempre: No estábamos diseñando únicamente un edificio. Estábamos escuchando una cosmología espacial y al mismo tiempo definiendo su forma.

Polinización cruzada de conocimientos
Durante más de una década el proyecto se convirtió en un laboratorio extraordinario de intercambio cultural. Por un lado, el conocimiento ancestral Q’eqchi’, transmitido oralmente durante generaciones. Por otro, la investigación científica desarrollada por académicos nacionales e internacionales. Entre ambos mundos, la arquitectura comenzó a operar como un lenguaje común. Un lenguaje capaz de traducir conceptos abstractos en espacio construido.
En ese proceso surgieron momentos de fricción, diferencias de interpretación y desafíos de traducción cultural. Sin embargo, con el tiempo comprendimos que esas fricciones no eran obstáculos. Eran precisamente el espacio fértil donde emergía algo nuevo.
Una forma de conocimiento que no pertenecía exclusivamente a una disciplina, sino que surgía del encuentro entre muchas.
Arquitectura y supraconsciencia
A lo largo del desarrollo de este proyecto fui comprendiendo que estaba participando en un proceso poco común dentro de la práctica arquitectónica. En ese momento lo experimentábamos de manera intuitiva: distintas formas de conocimiento —espiritual, cultural, científico y territorial— dialogaban entre sí para dar forma a un espacio común.
Sin embargo, fue únicamente años después, reflexionando sobre esa experiencia, que una persona me introdujo a un concepto que ayudaba a nombrar lo que había ocurrido - El concepto de supraconsciencia.
Podría describirse como un estado ampliado de comprensión que emerge cuando distintos niveles de conocimiento logran encontrarse sin jerarquías rígidas. Cultural, científico, espiritual y sensorial. Cada uno aporta una forma distinta de interpretar la realidad.
Cuando estos conocimientos dialogan genuinamente, surge una comprensión más amplia que la suma de sus partes. En otras palabras, se manifiesta la inteligencia colectiva que integra múltiples perspectivas sobre el mundo.
Mirando en retrospectiva, comprendí que el proceso de concepción del Popol Jay había operado precisamente de esa manera. Durante años, el proyecto permitió que cosmovisiones distintas se escucharan, se cuestionaran y se complementaran mutuamente.
La arquitectura, en ese contexto, se convirtió en el medio para aterrizar lo invisible. Un lenguaje capaz de transformar ideas, visiones espirituales, memorias culturales y conocimientos científicos en experiencia espacial.
Sin haberlo nombrado entonces, el proyecto estaba materializando algo más profundo que un edificio. Estaba materializando un momento de supraconsciencia colectiva. Un lugar donde distintas formas de comprender el mundo podían encontrarse y tomar forma física.
Ese, quizás, es uno de los superpoderes más subestimados de la arquitectura.
El rol del arquitecto como articulador
Después de más de una década trabajando en contextos culturalmente complejos, he llegado a una convicción clara: el arquitecto del futuro no será únicamente un diseñador de edificios.
Será, ante todo, un articulador y mediador de conocimientos. Un profesional capaz de navegar entre múltiples formas de inteligencia —humana, natural, cultural, espiritual e incluso artificial— que hoy existen de manera fragmentada. En un mundo donde la información se produce a velocidades sin precedentes, el verdadero desafío ya no es únicamente generar conocimiento, sino integrarlo con sentido.
En ese contexto, el arquitecto adquiere una responsabilidad particular: escuchar, interpretar y sintetizar grandes cantidades de información dispersa, proveniente de disciplinas, culturas y cosmovisiones distintas. La arquitectura entonces se convierte en el medio a través del cual esa complejidad puede organizarse y tomar forma.
Diseñar deja de ser únicamente un ejercicio formal o técnico. Se convierte en un acto de integración y traducción.
El arquitecto pasa a ser un constructor de puentes: alguien capaz de reconocer territorios aparentemente inconexos y proponer espacios donde esos conocimientos puedan encontrarse, dialogar y coexistir. Los proyectos arquitectónicos se transforman así en infraestructuras para el intercambio, lugares donde distintas formas de entender el mundo pueden conectarse y generar nuevas posibilidades.
En un país como Guatemala —uno de los territorios con mayor diversidad cultural y biológica del mundo— este rol adquiere una relevancia aún mayor. Nuestra diversidad no es una dificultad que deba gestionarse, sino una riqueza que puede convertirse en el punto de partida para construir nuevos imaginarios colectivos.
Quizás el verdadero desafío de la arquitectura contemporánea no sea únicamente construir mejores edificios, sino crear los espacios donde distintas formas de conocimiento puedan encontrarse para imaginar el futuro juntos.
Construir puentes
El Popol Jay, hoy en pausa, me recuerda que no todos los proyectos existen únicamente para convertirse en edificios. Algunos existen para transformarnos durante el proceso de imaginar lo que podrían llegar a ser.
Más allá de su eventual materialización, este proyecto ha sido, ante todo, un territorio de aprendizaje. Un espacio donde distintas cosmovisiones se encontraron para preguntarse algo fundamental: cómo imaginamos el futuro cuando aceptamos que ninguna forma de conocimiento, por sí sola, es suficiente.
En ese diálogo prolongado —entre ciencia y espiritualidad, entre tradición y contemporaneidad, entre territorio y arquitectura— fui comprendiendo que el verdadero valor de este proceso no radica únicamente en el resultado que algún día podría construirse, sino en la profundidad de las preguntas que nos obliga a sostener.
Preguntas sobre cómo habitamos el mundo. Sobre cómo escuchamos el conocimiento que existe más allá de nuestras propias disciplinas. Y sobre cómo aprendemos a construir espacios donde esas diferencias puedan encontrarse sin anularse.
Tal vez ese sea uno de los aprendizajes más importantes que me deja el Popol Jay: comprender que la arquitectura no siempre comienza con certezas. A veces comienza con la humildad de reconocer que el territorio que habitamos —cultural, espiritual y ecológico— es mucho más vasto de lo que nuestras herramientas tradicionales alcanzan a comprender.
En ese reconocimiento aparece una responsabilidad distinta para la arquitectura: No solo la de construir objetos en el espacio, sino la de abrir territorios de diálogo donde nuevas formas de pensar el futuro puedan emerger.






























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