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Provocar el futuro: arquitectura, imaginario y Estado en Guatemala

  • Foto del escritor: Alejandro Biguria
    Alejandro Biguria
  • 18 mar
  • 3 Min. de lectura
COPYRIGHT © TORUS,S.A. 2025
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“Los países no se transforman únicamente con proyectos construidos. Se transforman cuando una sociedad logra imaginar algo distinto de sí misma.”


El desarrollo conceptual del Jardín Botánico Nacional de Guatemala fue, para mí, una experiencia que trascendió el ámbito del diseño. Más que un ejercicio arquitectónico, se convirtió en una oportunidad para observar cómo se articulan —y cómo se bloquean— los proyectos públicos dentro de la estructura institucional del Estado.  Esto no quiere decir que a nivel del ámbito privado no ocurra lo mismo, pero la complejidad surge en lo público cuando hay múltiples actores y todos tienen voz y voto, y simplemente las agendas no se alinean.


Fui invitado a participar en la gestión y articulación del proyecto con un objetivo claro: contribuir a construir una visión para un espacio público que celebrara la extraordinaria biodiversidad del país y ofreciera a la ciudadanía un lugar de encuentro con la naturaleza. Este tipo de retos, siempre los he visto como oportunidades para maximizar mi potencial creativo fuera de la rutina cotidiana de la profesión (experiencias/aventuras que invito a otros colegas a intentar).


Pronto quedó claro que el mayor desafío no era arquitectónico o económico. Era institucional.


Los proyectos públicos rara vez fracasan por falta de talento o de ideas. Con frecuencia se detienen por algo más difícil de enfrentar: la inercia (o la falta de) del sistema. Las instituciones, por naturaleza, tienden a preservar su equilibrio interno. Cualquier propuesta que introduzca nuevas dinámicas puede percibirse como una amenaza al orden existente.


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En ese proceso se revela una paradoja conocida por muchos profesionales en Guatemala: el país cuenta con talento, creatividad y capacidad técnica de primer nivel, pero muchas veces carece de estructuras capaces de transformar esa capacidad en ejecutar proyectos sostenidos en el tiempo.


El problema no es imaginar. El problema es mover el sistema para que permita que esas ideas ocurran y se materialicen.


Frente a ese escenario, mi rol dentro del proceso comenzó a cambiar. Más que articular y dirigir la gestion entre actores, se volvió necesario construir un imaginario.  El horizonte y el tiempo fueron aclarando el panorama -- si el proyecto enfrentaba resistencias institucionales, entonces la arquitectura debía asumir otra función: provocar.


Provocar preguntas.Provocar discusión.Provocar la posibilidad de pensar distinto.


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La propuesta del Jardín Botánico Nacional surgió entonces como una visión donde la naturaleza lidera y la arquitectura acompaña. Un espacio donde la biodiversidad de Guatemala no funciona como telón de fondo, sino como protagonista. La arquitectura se abre, se disuelve y enmarca el paisaje para amplificar su presencia.


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Pero el propósito más profundo del proyecto nunca fue formal.  Era cultural.


En países donde los proyectos públicos transformadores son escasos, el imaginario colectivo suele llenarse de una frase que escuchamos con demasiada frecuencia: “en Guatemala no se puede.”


Sin embargo, esa frase no describe una realidad… describe un hábito. Y son precisamente esos hábitos los que debemos rehusarnos a adoptar y más aún; perpetuar.


Guatemala tiene profesionales capaces, creatividad extraordinaria y una riqueza natural que pocos países poseen. Lo que muchas veces nos detiene no es la falta de capacidad, sino el temor institucional al cambio y el miedo colectivo a intentar algo distinto.


Por eso, cuando la arquitectura se involucra con lo público, inevitablemente se vuelve política.

No política partidista. Política en su sentido más esencial: la construcción de visiones compartidas sobre cómo queremos habitar nuestro país.



La arquitectura tiene la capacidad de hacer visible lo que aún no existe. Puede transformar una idea en un horizonte posible y abrir conversaciones que antes parecían imposibles. En ese sentido, el Jardín Botánico ya cumple una función, incluso sin haberse construido…Activa la imaginación.


Porque antes de que un país pueda transformar su realidad, primero debe permitirse imaginarla distinta.


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Quizás ese sea uno de los roles más urgentes de nuestra profesión hoy. No solo diseñar edificios. Sino diseñar las posibilidades del país que aún no existen. Porque los países no cambian cuando se inauguran obras. Cambian cuando alguien se atreve a imaginar que pueden ser diferentes.


Y ese acto —imaginar un futuro distinto para lo público— también es arquitectura.


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